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miércoles, 27 de enero de 2016

TAKE ME TO MY CAVE

Título: Superheavy, part eight
Escritor: Scott Snyder
Lápices: Greg Capullo
Tintas: Danny Miki
Colores: Fco Plascencia
Portada variante “Adult Coloring Book”: Dave Johnson

La sicología infantil nos enseña que los niños tienen la obsesión de ver aquellas cosas que les interesan, vez tras vez. Una de las razones que se dan para este comportamiento es la necesidad verdadera de controlar un mundo que, desde su perspectiva, les parece inmenso e ignoto. La repetición de patrones, en este contexto, les da el sentido de seguridad que necesitan para desarrollarse.
Esta acción, así mismo, logra que el conocimiento se asiente en sus mentes de mejor manera. “La repetición, se dice, es la madre de la retención”.
Pero no sólo es conocimiento lo que los niños logran aprehender —sí, así, con hache—, sino que también graban las emociones que aquello conllevan, las cuales, si han sido placenteras, divertidas, etc., ellos querrán rememorar al ver de nuevo lo que, en un principio, les causó tales sensaciones.
Los lectores de cómics —más bien, de cómics de superhéroes— también experimentamos algo parecido: vez tras vez, en especial si llevamos muchos años leyéndolos, nos encontramos con argumentos repetitivos, con historias que nos evocan a alguna anterior. Pero no podemos evitar leerlas, aunque sabemos cómo acabarán —porque ya lo hemos visto antes, iteradas hasta el cansancio—.


Cuando las muertes de superhéroes se hicieron populares —comenzando con aquella de Superman a principio de los noventa—, pronto pudimos adivinar un patrón que se repite, una y otra vez.
Apenas sabemos que un héroe cualquiera morirá, ya adivinamos que volverá tras unos números.
Pero nosotros no somos niños —espero hablar por la mayoría— y el caudal de emociones que podamos sentir ante un evento, va mermando a medida que leemos y releemos la misma historia: Cuando Superman murió, fue noticia internacional, trascendió el mundillo de los cómics —de hecho, en mi país, fue titular de periódicos—. Todos nos sentimos conmocionados y corrimos a comprar los siguientes números para saber qué ocurriría a continuación.
En cambio, hace unos meses, cuando Batman murió al terminar el arco “Endgame”, poco y nada se supo en el “mundo exterior”. Sólo los que seguíamos la historia de Snyder y Capullo, dimos cuenta del suceso a través de las redes sociales, pero completamente sabedores de que pronto tendríamos a Wayne/Batman de vuelta —¿o hubo algún neófito de los comics que creyese lo contrario?—.
¿Qué nos motiva, entonces, a ver y rever las mismas historias? Obviamente nuestras motivaciones pueden asimilarse a la de los pequeños: la necesidad de pertenecer a un terreno que conocemos y controlamos —algo cercano a la evasión de la realidad que el arte ha tenido como una de sus funciones desde que algún cimmeriano estampó su palma en la pared de alguna cueva ibérica—. Pero, obviamente, hay diferencias —o así esperamos, para no sentirnos tan ridículos—: nos gusta ver historias que se repiten en un ciclo interminable, sabedores del final, pero curiosos de conocer cómo se alcanzará aquel clímax.


Porque ahí radica la gran diferencia entre un preescolar visionando por infinitésima vez tal o cual película, y nosotros leyendo un cómic: el niño necesita la repetición exacta de lo que ha visto an­tes. Nosotros —aunque suene horriblemente pretencioso— ambicionamos encontrarnos con un desarrollo novedoso, incluso cuando el inicio y el desenlace ya nos sean conocidos.
Y es lo que ha ocurrido con “Superheavy”: en cuanto tuvimos a Batman muerto, supimos que volvería; pero no sabíamos cómo y eso nos indujo a devorar todas las partes ya publicadas de este arco.
Snyder, no cabe duda, es un escritor con oficio. Sabe construir una historia. Sabe manejar el tempo —sí, sí, también ha cometido errores en arcos anteriores, no somos ciegos a ello—. Y “Superheavy” ha sido un muestrario de sus más aguzadas armas en el arte de narrar. Uno pudiera pensar, en vista de las noticias de esta última semana, que busca despedirse a lo grande del título.


Quizá, lo primero que nos llamó intensamente la atención respecto a Wayne/Batman, es que Snyder desde el primer número nos dijo que el héroe estaba vivo. No se sacó de bajo la manga un regreso inesperado, jugando con posibilidades. Simplemente cambió las reglas del juego y posicionó a Wayne como protagonista al capítulo siguiente de su muerte.
Anteriormente ya hemos repasado las circunstancias que envolvieron la vuelta a la vida de Wayne. Lo que Snyder quería plantearnos no era la muerte de un hombre y su posterior resurrección —hecho bastante trivial en el mundo comiquero comercial—. Snyder quería hablarnos sobre la muerte y resurrección de un mito: el mito de Batman.
Mediante varias tramas paralelas: la introducción del incomprendido Rookie y su aún más incomprendido ocupante BatGordon, la aparición de Mister Bloom, un enemigo nuevo y formidable, la vida normal alcanzando a Wayne de la mano de Julie Madison, los desvelos de Alfred, un mayordomo/padre, por proteger a su amo, las investigaciones de un ahora trascendental Duke Thomas, los laboratorios subterráneos de Powers buscando aquel metal súperpesado… Todo ello confluyó lentamente para llegar a este número #48, antesala de las dos últimas partes de este arco.
Queríamos ver cómo Batman volvería. Hoy somos espectadores privilegiados de uno de los más originales regresos de la muerte de un superhéroe: es el mito, el símbolo lo que vuelve a la vida; renovado, cambiado, motivado por nuevos deseos.


Llévame a mi cueva, ordena en la última página de este número un decidido Bruce Wayne, mientras un dolido Alfred Pennyworth se dobla de dolor.
¿Qué nos llevó hasta este punto?
Infinidad de veces se ha argumentado que Batman es el creador de The Joker. Hoy, pareciese que un también amnésico Joker es el que da el empujón final para la creación de este nuevo Batman. Una suerte de do ut des en que cada uno ha entregado algo para que el otro sea.
Si pudiésemos definir en una sola palabra este número #48, quizá la más apropiada sea subidón. De un número a otro, reaparición de The Joker mediante, todo se ha acelerado… Y no es que queramos hacer una clara referencia al Acelerador de Partículas que se pone en movimiento en este número amenazando con tragarse Gotham completa. Más bien hablamos de cómo Snyder manejó la trama, bordeando su núcleo, como un animal esperando lanzarse contra su presa, para, activado el catalizador —en un principio Duke, pero definitivamente The Joker—, arremeter con un escalamiento de la acción, de los acontecimientos, para llevarlos a un clímax que, no nos cabe duda, habremos de disfrutar a cabalidad.
Gotham vuelve a estar al borde del peligro. Mister Bloom se revela en su verdadera naturaleza. BatGordon es llevado a las cercanías de la muerte. Duke enfrenta una verdad dura. Alfred llora porque hizo todo lo que pudo y no fue suficiente. Y Bruce Wayne reclama lo que es suyo. No por un trauma. No por una venganza. Sino por decisión propia. Porque sabe que esa es su realidad. Lo que el niño debió ser. Un héroe dispuesto a dar la vida si es necesario para demostrar que sí se puede. Que los problemas no nos pueden ganar.


Take me to my cave, ordena. Y, en realidad, está sentenciando: Yo soy BATMAN. Ése soy yo. Y esta es mi ciudad.

Batman ha vuelto.

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