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viernes, 10 de marzo de 2017

And bring a pregnancy test

Título: “Nightwing Must Die!”, parte uno.
Escritor: Tim Seeley.
Artista: Javier Fernández.
Colorista: Chris Sotomayor.
Rotulador: Carlos M. Mangual.
Portada: Fernández y Sotomayor.
Portada variante: Ivan Reis, Oclair Albert y Sula Moon.

Por si alguno de ustedes, seguidores de nuestro Blog, es relativamente nuevo en el mundo de Batman, permítanme contarles que uno de los runs más significativos, contundentes y bien planeados que ha tenido el Encapotado en toda su historia fue el de Grant Morrison, el pelón surgido de la hornada británica que tanto bien le hizo a DC Comics allá por los ochenta y comienzos de los noventa —antes del fenómeno Image y sus portadas con hologramas y tipos llenos de esteroides. De hecho, en las reuniones de pauta con mis compañeros, más de una copa alzamos en honor a su ilustre calva… en realidad, vasos de plástico; pero ése es un tema pendiente que tenemos con nuestro editor y su agenda de gastos…
Sin embargo, uno de los momentos estelares para Morrison no vino del Murciélago mismo —por lo menos, no directamente—, sino cuando, tras la “muerte” de su mentor, Dick Grayson tomó el manto de Batman y, junto a Damian “Robin” Wayne, conformó la mejor encarnación que el Dúo Dinámico ha tenido alguna vez.

No sólo la pareja está de vuelta: ¡también el Batimóvil volador!

Sus historias llenas de colorido y enemigos excéntricos, conformaron uno de los mejores arcos que la franquicia ha tenido desde siempre y que los seguidores de Batsy y su “familia”, atesoramos en nuestro corazón de fanboy.
Por ello, cuando las primeras solicits del recién estrenado arco “Nightwing Must Die!” —y que les invitamos a seguir a través de nuestras reseñas— se mostraron al público, no pudimos sentirnos más emocionados.
No sólo vimos aparecer por ahí al emblemático Professor Pyg, sino que en una portada variante de este mismo número de “Nightwing” descubríamos un directo homenaje de Reis a la portada de Quitely de Batman and Robin v1 #1. De lo que pueda venir, sólo podemos conjeturar —y Doctor Hurt suena fuertemente en nuestras neuronas adictas—; pero de lo que sí podemos estar seguros es de lo que ya pudimos apreciar en este “Nightwing” #16, el primer número de este nuevo arco del héroe de mallas ajustadas.

Fernández de regreso con sus vertiginosos paneles. Casi podemos seguir a Naigüín haciendo cabriolas.

Tras un penoso arco —y peor epílogo shojo— que preferimos obviar y citar apenas para lo necesario, Seeley parece dispuesto a recuperar terreno para volver a ser, quizá, el mejor escritor de Grayson de los últimos años. Y no quiere ahorrar en giros dramáticos, sorpresas y comentarios ingeniosos —del tipo I noticed not all of your blood went to yours, que les invito a descubrir por ustedes mismos en este magnífico número—.
El capítulo comienza de nuevo con Grayson y Tsang, de nuevo colgando cabeza abajo y de nuevo haciéndose mimos. ¡Pero más de un detalle cambia!
Tenemos el diálogo. Inteligente, agudo, lleno de dobles intenciones y, aún así, con un dejo a problema latente que más tarde descubriremos.
Sin embargo, lo mejor no viene de parte de Seeley —que, insisto, está casi a su nivel anterior a “Blüdhaven”—, sino de la mano de la otra parte que constituye todo cómic. El artista.
Javier Fernández vuelve al título donde ha desplegado toda su habilidad con el lápiz, entregándonos el retrato más realista —por usar un término convencional— del ex-Petirrojo.

A alguien no le gustó que Dick sea tan popular...

Y su presencia se nota ya en la primera viñeta: Grayson y Tsang no son simplemente una pose estereotipada de superhéroes abrazados —como resultó la de To—, sino dos personas entrelazadas, dos personas reales. ¿Dónde radica la diferencia? Lenguaje corporal. La habilidad soberbia de Fernández para dibujar a la gente siendo normal, aún cuando vista mallas y lleve máscara sobre el rostro. Algo similar a lo que el mismísimo Velázquez logró con su retrato de los dioses griegos, bajándolos del pedestal en que los escultores clásicos los colocaron. Vean, sino, su “La forja de Vulcano”: Velázquez retrata al poderoso HefaistosVulcano para los latinos— como un ordinario y feo herrero lleno de tizne, que recibe la noticia de que su esposa Afrodita le pone los cuernos con Ares. Y disfruten la expresión de sus esclavos tipo “¡ja, jodieron al viejo explotador! ¡Bien le está!”
Ese mismo tipo de logro —guardando las proporciones del medio— es el que logra Fernández cuando dibuja a Naigüín. Nos entrega a un humano, no a un semi-Dios; y eso, contertulios, hace que la lectura de “Nightwing” sea la de una historia con sabor a real, independiente de los peligros extremos a los que se ve enfrentado nuestro héroe.
Nuevamente les invito a repasar las páginas de este número y solazarse, por ejemplo, en las expresiones —tanto faciales como corporales— de Damian. Si alguno de ustedes sueña con ser dibujante de una gran compañía de cómics, aprendan de un maestro. Sólo puedo imaginar las horas que Fernández dedicó a dibujar a mano alzada a gente común y corriente por la calle. Y Fernández es ya artista exclusivo de DC Comics. Eso dice bastante, ¿no?
Pero, como en todo cómic de calidad, el dibujo no está ahí para lucirse por su cuenta: el dibujo en un cómic es complemento de un texto. Y ambos artistas —escritor y dibujante— han logrado complementarse tan bien, que ambos se potencian y los mejores beneficiados somos nosotros.
Por ello, a diferencia de To —prefiero olvidar a Jung en el número anterior—, la historia fluye naturalmente y, así como vemos a Grayson conversar con Tsang, pronto lo vemos volar entre los tejados en paneles que también se han vuelto una marca de Fernández: vertiginosidad y viñetas superpuestas que nos dejan la sensación de ver una película y no una página impresa.
Las amenazas en Blüdhaven no son menores que las cotidianas en Gotham, pero los enemigos son algo más pintorescos… tanto como un grupo de asaltantes con máscaras de caballo y que se hacen llamar, a que no lo adivinan, The Horsemen. Rápidamente reducidos por nuestro querido Ala Nocturna —y por la intervención de Damian—, la escena gana en significado al recordarnos a los secuaces con cabeza de animales de Pyg… ¡y no me vengan con que eso lo vieron en la peli de Suicide Squad, que aquí queremos a los lectores de cómics, no a los que sólo van al cine!... Pero también porque Naigüín y Damian juntos, en ese particular contexto, sólo puede significar una gran cosa: ¡el team up más perfecto del Bativerso!
¿Entienden ahora a qué me refería al inicio de esta reseña? Y sólo estamos en la primera parte de “Nightwing Must Die!”. Lo que venga nos llena de expectación —o hype, como dicen algunos—.
Tenemos a Tsang desaparecida, posiblemente embarazada de Grayson: el leif motiv justo para que nuestro héroe empiece una batida en busca de ella… y de quiénes sean responsables de su rapto.

Típico de hermano menor sacando de quicio al mayor

Tenemos, además, a Damian Wayne discutiendo por el derecho a heredar el manto de Batman, pero que en la práctica es el enganche perfecto para que se una a su “hermano mayor” en la cruzada de este arco.
Y tenemos a un enemigo soñado de los viejos tiempos de DC: Deathwing, luciendo una extraña máscara ¿de piel? y portando en su pecho el emblema en color rojo en abierta referencia al Nightwing de The New 52.
Tsang, reconozcámoslo, es sólo un personaje instrumental. Puesto ahí por Seeley para motivar una causa. En lo personal me resulta antipático y hubiera preferido a Batgirl raptada, antes que a una recién llegada a la vida de Míster Culo Perfecto. Obviamente las agendas planeadas con anterioridad por la editorial impidieron aquello que, sin duda, le habría dado aún mayores bríos a esta historia.
Damian… ¿Qué más se puede agregar de este niñato insoportable que, estando en sus trece, sigue comportándose como un bebé en busca de atención? Damian nos encanta y su presencia oficial en dos títulos —“Teen Titans y “Super Sons”— es perfecto aval de ello. Pero además, y como mencionamos antes, su compañía vuelve a traernos a la memoria aquellos grandiosos tiempos de “Batman and Robin” de Morrison y Quitely.
Deathwing, personaje surgido en los noventa, en pleno auge del estilo Liebfeld y la dictadura Image; resulta una excitante alusión a los tiempos post-“Crisis” y pre-New 52. Unámosle a ello que, por lo colegido en este #16, él sólo sirve a un poder superior, ignoto aún para nosotros.
Con apenas estos tres planteamientos, todo augura un arco emocionante, lleno de sorpresas.
Justo cuando los números anteriores habían colocado a “Nightwing” a la cola de los tres principales títulos del Bativerso, con “Nightwing Must Die!” volvemos a respirar tranquilos y mirar esperanzados en que nuestro héroe en mallas siga siendo uno de los mejores personajes de DC Comics actualmente editándose.

Deathwing se ha llevado a Defacer, aparentemente preñada

Con Seeley escribiendo bien, con Fernández —apoyado efectivamente en la paleta cromática de Sotomayor— dibujando inspiradísimo; sólo nos queda disfrutar cada nueva entrega de este arco, seguir descubriendo los guiños al DC de la vieja escuela, y continuar reafirmando nuestra creencia de que Nightwing es uno de los pilares de la casa editorial.